martes, 5 de mayo de 2009

A María Canelo (1907-2007)

La miro y me pregunto
cómo será ese mundo en que ella vive.
Es un lugar que yo no conozco
y al que no puedo viajar para acompañarla.
La observo,
casi siempre me sonríe,
es una sonrisa verdadera,
pero ausente.
Hablo con ella de su pasado
y parece que me recuerda,
abre mucho los ojos,
y me sonríe,
nuevamente.
Cuando se apaga mi voz,
muere su memoria.

Elisa González Miralles


Prólogo de Ángela Torrijo Arce

Una trenza, una trenza de niña pequeña.

Cuando vas a hacer una trenza a una niña, antes tienes que peinar bien el cabello, desenredarlo, dividirlo en partes iguales, y luego empezar a tejer, como si cada mechón tuviera vida propia.

Eso sentí al ver este libro por primera vez: el recuerdo de la imagen de una trenza de dos mechas.

Ambas podrían estar solas, ser independientes. Imagen y poesía sobreviven por ellas mismas, no necesitan a nadie ni de nada cuando tienen esa fuerza, esa mirada directa, sin rubor ni cortapisas. Pero lejos de ir cada una en una dirección, se entrecruzan para estimular, interpretando diferentes notas de la misma melodía.

Y al escucharla, no puedes cerrar los ojos más que por dentro, para verlo bien todo. Entonces percibes que la protagonista ha cogido la madeja de la vida, y la ha ido deshilachando poco a poco. El ovillo va hacia tras, como las velas del cumpleaños, y en cada uno de los hilos perdidos, deja el recuerdo de cómo se abrocha un botón, de cómo se anda y de cómo se sopla la llama.

En este libro, las fotografías impulsan la mirada de la protagonista, le dan luz. Un flash de pupila plana, inocente, blanca, de bebé que pide, que pregunta y se sorprende de lo insignificante, sin decir nada. Se filtran los poemas por el fondo de la imagen y consiguen retratar esa cuenta atrás, serpenteando como en un laberinto que se cuela en cada una de las instantáneas, resaltando lo que no está, lo que se extingue. La piedra del recuerdo.

La trenza finalmente se cierra con un broche, y quedan unos flecos del cabello que vuelven a juntarse de nuevo. Demostrando que imagen y letras mueven las mismas vísceras, las que aman la belleza de lo diminuto.

La piedra enorme

La memoria es a veces
como una piedra enorme
en los brazos de un niño

Jorge Boccanera
Polvo para morder






















La piedra enorme en manos
de la que acarició su última arruga

Caminará hacia atrás
encontrará la última palabra
encerrada en un temblor

La vida no precisa más
que guijarros

La pequeña comprueba
la profundidad del estanque
con el eco del canto

Después llega el silencio
y la paz del fondo invisible
a la luz de los ojos abiertos

Nadie sabe el secreto de la niñez
hasta que la muerte se apropia
de todos los olvidos

Los pasos empujados

Cuando se apaga mi voz
muere su memoria

Elisa González Miralles



Y el instante que sólo una cámara de fotos es capaz de memorizar un día se repliega para embalarse en cajas de cartón.

He recorrido por última vez la exposición y me di cuenta que había callado sombras y brillos en cada foto vista una y otra vez. En el agua de la piscina la superficie reflejada de la colchoneta flotaba en un remanso a la deriva. Había un deslumbramiento en la frente de la anciana que coincidía con la bombilla de la escalera al tendedero encendida a pleno día. Otro rayo de sol atravesaba su rostro mientras la calefacción despreciaba a la electricidad. Las arrugas de las sábanas eran el relieve de su piel y los ojos se clavaban en el único espectador con aire ausente por la terminal.

Me consolé con esa gota que resbalaba por su cuerpo inseguro en la penumbra de la habitación donde esa mano tendida era un mundo por circunvalar.

El movimiento impide recordar cada estímulo percibido pues el asombro se difumina con la siguiente revelación. Pero un día me detendré y los recuerdos golpearán sin tregua y no sabré reconocerlos. Tendré ojos y te miraré sin comprender.