Una trenza, una trenza de niña pequeña.
Cuando vas a hacer una trenza a una niña, antes tienes que peinar bien el cabello, desenredarlo, dividirlo en partes iguales, y luego empezar a tejer, como si cada mechón tuviera vida propia.
Eso sentí al ver este libro por primera vez: el recuerdo de la imagen de una trenza de dos mechas.
Ambas podrían estar solas, ser independientes. Imagen y poesía sobreviven por ellas mismas, no necesitan a nadie ni de nada cuando tienen esa fuerza, esa mirada directa, sin rubor ni cortapisas. Pero lejos de ir cada una en una dirección, se entrecruzan para estimular, interpretando diferentes notas de la misma melodía.
Y al escucharla, no puedes cerrar los ojos más que por dentro, para verlo bien todo. Entonces percibes que la protagonista ha cogido la madeja de la vida, y la ha ido deshilachando poco a poco. El ovillo va hacia tras, como las velas del cumpleaños, y en cada uno de los hilos perdidos, deja el recuerdo de cómo se abrocha un botón, de cómo se anda y de cómo se sopla la llama.
En este libro, las fotografías impulsan la mirada de la protagonista, le dan luz. Un flash de pupila plana, inocente, blanca, de bebé que pide, que pregunta y se sorprende de lo insignificante, sin decir nada. Se filtran los poemas por el fondo de la imagen y consiguen retratar esa cuenta atrás, serpenteando como en un laberinto que se cuela en cada una de las instantáneas, resaltando lo que no está, lo que se extingue. La piedra del recuerdo.
La trenza finalmente se cierra con un broche, y quedan unos flecos del cabello que vuelven a juntarse de nuevo. Demostrando que imagen y letras mueven las mismas vísceras, las que aman la belleza de lo diminuto.